Alberto Assa Anavi. Venido a Colombia desde las mismas orillas del Bósforo, en Turquía, desembarcó por el puerto de Cartagena y luego se estableció en Barranquilla. Fue rector fundador de varias instituciones educativas, entre ellas el Colegio Pestalozzi y la Escuela Superior de idiomas que después se transformó en la Universidad Pedagógica del Caribe.
Pero yo lo recuerdo por sus llegadas al periódico El Heraldo donde cada semana llevaba su artículo de prensa con reflexiones para su columna El Rincón de Casandra, con temas sociales, culturales y educativos. Siempre vestido de blanco de la cabeza a los pies. En pocas oportunidades me correspondió realizar el levante de su texto para su publicación, por lo que en esas ocasiones se acercaba a mí por la espalda y me sorprendía cuando antes de saludarme se tomaba el trabajo de quitarme el bolígrafo de la oreja donde casi siempre yo lo mantenía para mayor comodidad al escribir. Entonces me decía: “Quítate eso de la oreja, eres bonita para parecer corroncha”. Yo solo reía y enseguida me entregaba su escrito en borrador. Su frase predilecta siempre fue: “No habrá desarrollo sin educación ni progreso sin cultura”. Me encantaba por su cultura y caballerosidad.

Benjamín Risso Díaz. Escritor de cuentos y docente universitario nacido en San Andrés de Sotavento, Córdoba. Con Benjamín tuve otra anécdota simpática. Ese día cuando llegué a la empresa Nobel Impresores donde edito y diseño mis libros y de otros clientes, encuentro en la recepción a un señor hablando con la recepcionista. Al llegar yo ella le dice: “Vea, señor Risso, aquí solo imprimimos, ella es quien le puede ayudar con lo que usted necesita de edición”. Me lo presenta y enseguida, antes de entrar al departamento de Diagramación y Diseño converso con él.
Su proyecto era publicar un libro de cuentos titulado “Lo que pasó aquel día”, pero necesitaba quien le hiciera corrección de estilo y toda la edición completa hasta su
publicación. Allí mismo hicimos el trato; me encargué de sus cuentos, los corregí, los edité y después se realizó la presentación por parte de la Fundación de Escritores Meira Delmar. Desde aquel momento en el año 2018 después de su presentación en sociedad, continuamos siendo amigos a través de la narrativa cuentística de la que es dueño singular. En dos ocasiones estuve invitada a su casa donde departimos con su hija abogada, brindis con whisky por delante y conversación repleta de poesía.

Rafael David Mejía Romani. Reconocido compositor colombiano, leyenda de la música Caribe. En el mes de marzo de este triste 2020 se cumplieron cien años del nacimiento del barranquillero más reconocido por sus afamadas composiciones musicales, sus interpretaciones a son de tiple y guitarra. Prestos sus instrumentos en muchas ventanas donde enamorados brindaban serenatas a sus amadas cuyas canciones eran baladas y boleros románticos. En aquel entonces, años mozos, también le reconocía con su voz junto a su grupo con boleros cantados junto a mi ventana. Por algo era reconocido como el compositor romántico más importante del país.
La Fundación Rafael Mejía Romaní, en cabeza de sus tres hijos Ricardo, Ana Dolores (Lolita) y Astrid Mejía Padilla, en aras de mantener vivo el legado musical de su padre, celebró los cien años de su nacimiento por medio de un concierto online, donde su nieto Rafael Benítez Mejía cantó a capela sus canciones y contó anécdotas e historias de la vida del compositor. La amistad que me une a sus dos hijas viene de años atrás y ha continuado a través de los años.

Alberto Carbonell Jimeno. La concha acústica del parque Sagrado Corazón, escenario que lleva su nombre como homenaje a los aportes y legado que, con su obra, le deja a la música coral nacional y universal. Un gran músico y compositor en música coral reconocido en Colombia y allende el mar, hoy fallecido.
A Alberto lo conocí cuando aún no era músico, sino como compañeros de trabajo que fuimos muchos años atrás cuando él trabajaba como empleado administrativo y yo era asistente de gerencia de la extinta fábrica Envases Colombianos, S.A., que dirigía el fallecido empresario Alberto Gieseken Roncallo. Éramos muy amigos dentro de la empresa, conversábamos a la hora del almuerzo, me hablaba de sus sueños de músico. Y yo, ya con los míos de querer ser escritora le decía que dejara ese escritorio y agarrara la batuta; él se reía, pero yo lo instaba hacia sus sueños, igual que le hablaba de los míos.
Cualquier día recibo allí una llamada de mi anterior jefe, el gerente de la empresa Rusco de Colombia quien me llamó para pedirme que volviera a su empresa y me daban el mismo sueldo que acá tenía. No lo pensé dos veces; fue entonces cuando le dije a Alberto: “Sigue tus sueños, que yo me voy a seguir los míos…” y aunque iba a continuar trabajando en otra empresa, tendría más tiempo para dedicarme a escribir. Y así lo hizo.

Después supe que se había retirado, como también supe que me andaba buscando para invitarme a uno de sus conciertos de música coral; no teníamos contacto. Pero una noche se dio y la alegría fue inmensa. Me dijo: “Andaba buscándote para decirte que perseguí mis sueños y los alcancé”. Después, ya no era Alberto, mi compañero de trabajo con quien tomaba café, sino Alberto, el maestro, el reconocido músico coral que invadió con sus arreglos las salas de concierto de Colombia y más allá con el sutil sonido de su piano.
Y así van surgiendo y realizándose los sueños junto a caminantes que han sabido hacer magia con sus destinos. Próxima semana la tercera parte.
